sábado, 20 de marzo de 2010
¿Literatura de viajes o Libros de viajes?
Quien mejor que Emilio García Gómez para hablar sobre Al-Andalus. De los pocos grandes arabista que ha habido en España. Si hay que buscar referencias sobre dicha época es obligado recurrir a él y leer sus libros, tanto ensayos históricos y filológicos, como traducciones como, El Collar de la Paloma, de Ibn Hazm, uno de los grandes poetas cordobeses (dejo un enlace para leer la traducción completa que hizo Emilio)o Poemas árabes en los muros y fuentes de la Alhambra, libro, que por otra parte, he buscado por todas las librerias de Granada y es imposible encontrar, así como otros muchos de él. Sólo he podido conseguir dos libros, uno un estudio preliminar sobre el poeta de la Alhambra Ibn Zamrak y otro sobre 5 biografías de poetas islámicos. Al leer el collar de la Paloma, lo primero que choca e impresiona es el españolismo de Ibn Hazm y la vida callejera y de barrio, por ejemplo, al terminar el prólogo, escribe al amigo al que iba dirigida su risala: "Perdóname que no traiga a cuento historias de beduinos o de los antiguos, pues sus caminos son muy diferentes de los nuestros"; también dice frases como, "mi defecto es que mi Oriente es mi Occidente".
Creo que las mejores contextualizaciones históricas de Al-Andalus, de la forma más sencilla y más poética estan en las lecturas de García Gómez. Su lectura es rápida y a la vez llena de conocimientos. Uno de sus libros que he intentado buscar, y que no encuentro, es un libro de viajes que escribió recogiendo la correspondencia que le enviaba a su maestro Asín Palacios (otro de los grandes arabistas españoles) en 1927, se titula, Viaje a Egipto, Palestina y Siria. Pienso que es imprescindible leerse dicho libro antes de visitar estos lugares, por que nadie mejor que García Gómez nos va a contar y nos va a revivir la historia y los muertos de Oriente.
Recuerdo una conferencia en Granada, dedicada a los libros de viajes, en ella participaban entre otros, el batería de los Genesis, Chris Stewart, que vivía por entonces en Almuñecar, creo, y que se dedica a escribir lirbos de viaje y otros escritores, entre ellos otro inglés afincado en la Alpujarra. Aquello fue un ir y venir de pedantería suma, y en un momento alguno de los intervinientes preguntó (porque aquello eran mutuas entrevistas) a otro si prefería a la hora de hacer un viaje recoger información sobre los lugares que iba a ver o si por el contrario prefería ir sin "previo aviso" y quedar deslumbrado ante lo que pudiera toparse en el viaje. El otro interlocutor, entre sonrisas chavacanas y ambiente entre amigos que parecían salidos del siglo victoriano, le contestaba que la mejor manera de vivir un viaje era ir sin guía y sin conocimiento del país y lugares que podía toparse. Yo no me fui de allí porque aquello era muy estrecho y por desgracia estaba sentado entre los primeros, así que aguanté. Pero ¿que clase de viajes hacían estas personas? Simplemente no escribían libros de viajes, sino que probablemente sus libros estarán llenos de literatura pedante y vana, contando cuatro anécdotas del viaje cuando se topan con "el buen salvaje" y poco más. ¿Y que pretendían con esa respuesta? ¿Acaso intentaban hacer pensar al personal que hay dos tipos de turismo, uno de el de los turistas en masa y otro el de los turistas... o mejor llamarlos viajeros, que buscan experiencias espirituales? A mi me parece absurda esa distinción, porque lo que esta gente hacía era simple y llanamente turismo, aunque quieran darle un toque romántico, como siempre han echo todos los escritores de viajes ingleses. Uno sale de su país en Occidente por dos razones, una por turismo y otra para trabajar.
Volviendo a la obra de García Gómez, uno de los grandes problemas del mundo editorial en estos días, es que no se reeditan libros tan importantes como estos, libros que por otra parte en el momento que se ponen a la venta se agotan en poco tiempo sus ventas. Podría citar otros tantos, como por ejemplo, obras de Sanchez Albornoz o de Henri Pirenne, de Asin Palacios, etc. ¿A qué se debe esto? Y es que, ni si quiera en internet se pueden encontrar. ¿Por qué google no pone como vista completa todos los libros que tiene?o¿por qué el gobierno español no deja que google ponga estos libros para todo el público?y por el contrario, sí se dedica a subir a la red, desde las distintas instituciones culturales, una serie de libros, previamente seleccionados, que en la mayoría de los casos carecen de interés, o están en latín. ¿Acaso un español que haya pasado por la enseñanza obligatoria termina aprendiendo latín?¿No es el latín una de las asignaturas desechables hoy día?Y esto no lo digo yo.
¿Masculino o Femenino?
No hay duda que nuestro tiempo es tiempo de jóvenes. El péndulo de la historia, siempre inquieto, asciende ahora por el cuadrante «mocedad». El nuevo estilo de vida ha comenzado no hace mucho, y ocurre que la generación próxima ya a los cuarenta años ha sido una de las más infortunadas que han existido. Porque cuando era joven reinaban todavía en Europa los viejos, y ahora que ha entrado en la madurez encuentra que se ha transferido el imperio a la mocedad. Le ha faltado, pues, la hora de triunfo y de dominio, la sazón de grata coincidencia con el orden reinante en la vida. En suma: que ha vivido siempre al revés que el mundo y, como el esturión, ha tenido que nadar sin descanso contra la corriente del tiempo. Los más viejos y los mas jóvenes desconocen este duro destino de no haber flotado nunca; quiero decir de no haberse sentido nunca la persona como llevada por un elemento favorable, sino que un día tras otro y lustre tras lustro tuvo que vivir en vilo, sosteniéndose a pulse sobre el nivel de la existencia. Pero tal vez esta misma imposibilidad de abandonarse un solo instante la ha disciplinado y purificado sobremanera. Es la generación que ha combatido más, que ha ganado en rigor más batallas y ha gozado menos triunfos.
Mas dejemos por ahora intacto el tema de esa generación intermediaria y retengamos la atención sobre el momento actual. No basta decir que vivimos en tiempo de juventud. Con ello no hemos hecho más que definirlo dentro del ritmo de las edades. Pero a la vera de éste actúa sobre la sustancia histórica el ritmo de los sexos. ¡Tiempo de juventud! Perfectamente. Pero ¿masculino, o femenino? El problema es más sutil, más delicado -casi indiscreto. Se trata de filiar el sexo de una época.
Para acertar en ésta, como en todas las empresas de la psicología histórica, es preciso tomar un punto de vista elevado y libertarse de ideas angostas sobre lo que es masculino y lo que es femenino. Ante todo, es urgente desasirse del trivial error que entiende la masculinidad principalmente en su relación con la mujer. Para quien piensa así, es muy masculino el caballero bravucón que se ocupa ante todo en cortejar a las. damas y hablar de las buenas hembras. Este era el tipo de varón dominante hacia 1890: traje barroco, grandes levitas cuyas haldas capeaban al viento, plastrón, barba de mosquetero, cabello en volutas, un duelo al mes. (El buen fisonomista de las modas descubre pronto la idea que inspiraba a ésta: la ocultación del cuerpo viril bajo una profusa vegetación de tela y pelambre. Quedaban sólo a la vista manes, nariz y ojos. El resto era falsificación, literatura textil, peluquería. Es una época de profunda insinceridad: discursos parlamentarios y prosa de «artículo de fondo»).
El hecho de que al pensar en el hombre se destaque primeramente su afán hacia la mujer revela, sin más, que en esa época predominaban los valores de feminidad. Sólo cuando la mujer es lo que más se estima y encanta tiene sentido apreciar al varón por el servicio y culto que a ésta rinda. No hay síntoma más evidente de que lo masculino, como tal, es preterido y desestimado. Porque así como la mujer no puede en ningún caso ser definida sin referirla al varón, tiene éste el privilegio de que la mayor y mejor porción de sí mismo es independiente por completo de que la mujer exista o no. Ciencia, técnica, guerra, política, deporte, etc., son cosas que el hombre se ocupa con el centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva. Este privilegio de lo masculino, que le permite en amplia medida bastarse a sí mismo, acaso parezca irritante. Es posible que no lo sea. Yo no lo aplaudo ni lo vitupero, pero tampoco lo invento. Es una realidad de primera magnitud con que la naturaleza, inexorable en sus voluntades, nos obliga a contar.
La veracidad, pues, me fuerza a decir que todas las épocas masculinas de la historia se caracterizan por la falta de interés hacia la mujer. Ésta queda relegada al fondo de la vida, hasta el punto de que el historiador, forzado a una óptica de lejanía, apenas si la ve. En el haz histórico aparecen sólo hombres, y, en efecto, los hombres viven a la sazón sólo con hombres. Su trato normal con la mujer queda excluido de la zona diurna y luminosa en que acontece lo más valioso de la vida, y se recoge en la tiniebla, en el subterráneo de las horas inferiores, entregadas a los puros instintos -sensualidad, paternidad, familiaridad-. Egregia ocasión de masculinidad fue el siglo de Pericles, siglo sólo para hombres. Se vive en público: ágora, gimnasio, campamento, trirreme. El hombre maduro asiste a los juegos de los efebos desnudos y se habitúa a discernir las más finas calidades de la belleza varonil, que el escultor va a comentar en el mármol. Por su parte, el adolescente bebe en el aire ático la fluencia de palabras agudas que brota de los viejos dialécticos, sentados en los pórticos con la cayada en la axila. ¿La mujer?... Sí, a última hora, en el banquete varonil, hace su entrada bajo la especie de flautistas y danzarinas que ejecutan sus humildes destrezas al fondo, muy al fondo de la escena, como sostén y pausa a la conversación que languidece. Alguna vez, la mujer se adelanta un poco: Aspasia. ¿Por que? Porque ha aprendido el saber de los hombres, porque se ha masculinizado.
Aunque el griego ha sabido esculpir famosos cuerpos de mujer, su interpretación de la belleza femenina no logró desprenderse de la preferencia que sentía por la belleza del varón. La Venus de Milo es una figura masculofemínea, una especie de atleta con senos. Y es un ejemplo be cómica insinceridad que haya sido propuesta imagen tal al entusiasmo de los europeos durante el siglo XIX, cuando más ebrios vivían de romanticismo y de fervor hacia la Pura, extremada feminidad. El canon del arte griego quedó inscrito en las formas del muchacho deportista, y cuando esto no le bastó, prefirió sonar con el hermafrodita. (Es curioso advertir que la sensualidad primeriza del niño le hace normalmente sonar con el hermafrodita; cuando más tarde separa la forma masculina de la femenina sufre -por un instante- amarga desilusión. La forma femenina le parece como una mutilación de la masculina; por lo tanto, como algo incompleto y vulnerado).
Sería un error atribuir este masculinismo, que culmina en el siglo de Pericles, a una nativa ceguera del hombre griego para los valores de feminidad, y oponerle el presunto rendimiento del germano ante la mujer. La verdad es que en otras épocas de Grecia anteriores a la clásica triunfó lo femenino, como en ciertas etapas del germanismo domina lo varonil. Precisamente aclara mejor que otro ejemplo la diferencia entre épocas de uno y otro sexo lo acontecido en la Edad Media, que por sí misma se divide en dos porciones: la primera, masculina; la segunda, desde el siglo XII, femenina.
En la primera Edad Media la vida tiene el más rudo cariz. Es preciso guerrear cotidianamente, y a la noche, compensar el esfuerzo con el abandono y el frenesí de la orgía. El hombre vive casi siempre en campamentos, solo con otros hombres, en perpetua emulación con ellos sobre temas viriles: esgrima, caballería, caza, bebida. El hombre, como dice un texto de la época, «no debe separarse, hasta la muerte, de la crin de su caballo, y pasará su vida a la sombra de la lanza». Todavía en tiempos de Dante algunos nobles -los Lamberti, los Saldaniericonservaban, en efecto, el privilegio de ser enterrados a caballo.
En tal paisaje moral, la mujer carece de papel y no interviene en lo que podemos llamar vida de primera clase. Entendámonos: en todas las épocas se ha deseado a la mujer, pero no en todas se la ha estimado. Así en esta bronca edad. La mujer es botín de guerra. Cuando el germano de estos siglos se ocupa en idealizar la mujer, imagina la valquiria, la hembra beligerante, virago musculosa que posee actitudes y destrezas de varón.
Esta existencia de áspero régimen crea las bases primeras, el subsuelo del porvenir europeo. Merced a ella se ha conseguido ya en el siglo XII acumular alguna riqueza, contar con un poco de orden, de paz, de bienestar. Y he aquí que, rápidamente, como en ciertas jornadas de primavera, cambia la faz de la historia. Los hombres empiezan a pulirse en la palabra y en el mortal. Ya no se aprecia el ademán bronco, sino el gesto mesurado, grácil. A la continua pendencia sustituye el solatz e deport -que quiere decir conversación y juego-. La mutación se debe al ingreso de la mujer en el escenario de la vida pública. La corte de los carolingios era exclusivamente masculina. Pero en el siglo XII las altas damas de Provenza y Borgona tienen la audacia sorprendente de afirmar, frente al Estado de los guerreros y frente a la Iglesia de los clérigos, el valor específico de la pura feminidad. Esta nueva forma de vida pública, donde la mujer es el centro, contiene el germen de lo que, frente a Estado e Iglesia, se va a llamar siglos más tarde «sociedad». Entonces se llamó «corte»; pero no como la antigua corte de guerra y de justicia, sino «corte de amor». Se trata; nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida...
El Sol, 26 de junio de 1927, Ortega y Gasset.
Mas dejemos por ahora intacto el tema de esa generación intermediaria y retengamos la atención sobre el momento actual. No basta decir que vivimos en tiempo de juventud. Con ello no hemos hecho más que definirlo dentro del ritmo de las edades. Pero a la vera de éste actúa sobre la sustancia histórica el ritmo de los sexos. ¡Tiempo de juventud! Perfectamente. Pero ¿masculino, o femenino? El problema es más sutil, más delicado -casi indiscreto. Se trata de filiar el sexo de una época.
Para acertar en ésta, como en todas las empresas de la psicología histórica, es preciso tomar un punto de vista elevado y libertarse de ideas angostas sobre lo que es masculino y lo que es femenino. Ante todo, es urgente desasirse del trivial error que entiende la masculinidad principalmente en su relación con la mujer. Para quien piensa así, es muy masculino el caballero bravucón que se ocupa ante todo en cortejar a las. damas y hablar de las buenas hembras. Este era el tipo de varón dominante hacia 1890: traje barroco, grandes levitas cuyas haldas capeaban al viento, plastrón, barba de mosquetero, cabello en volutas, un duelo al mes. (El buen fisonomista de las modas descubre pronto la idea que inspiraba a ésta: la ocultación del cuerpo viril bajo una profusa vegetación de tela y pelambre. Quedaban sólo a la vista manes, nariz y ojos. El resto era falsificación, literatura textil, peluquería. Es una época de profunda insinceridad: discursos parlamentarios y prosa de «artículo de fondo»).
El hecho de que al pensar en el hombre se destaque primeramente su afán hacia la mujer revela, sin más, que en esa época predominaban los valores de feminidad. Sólo cuando la mujer es lo que más se estima y encanta tiene sentido apreciar al varón por el servicio y culto que a ésta rinda. No hay síntoma más evidente de que lo masculino, como tal, es preterido y desestimado. Porque así como la mujer no puede en ningún caso ser definida sin referirla al varón, tiene éste el privilegio de que la mayor y mejor porción de sí mismo es independiente por completo de que la mujer exista o no. Ciencia, técnica, guerra, política, deporte, etc., son cosas que el hombre se ocupa con el centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva. Este privilegio de lo masculino, que le permite en amplia medida bastarse a sí mismo, acaso parezca irritante. Es posible que no lo sea. Yo no lo aplaudo ni lo vitupero, pero tampoco lo invento. Es una realidad de primera magnitud con que la naturaleza, inexorable en sus voluntades, nos obliga a contar.
La veracidad, pues, me fuerza a decir que todas las épocas masculinas de la historia se caracterizan por la falta de interés hacia la mujer. Ésta queda relegada al fondo de la vida, hasta el punto de que el historiador, forzado a una óptica de lejanía, apenas si la ve. En el haz histórico aparecen sólo hombres, y, en efecto, los hombres viven a la sazón sólo con hombres. Su trato normal con la mujer queda excluido de la zona diurna y luminosa en que acontece lo más valioso de la vida, y se recoge en la tiniebla, en el subterráneo de las horas inferiores, entregadas a los puros instintos -sensualidad, paternidad, familiaridad-. Egregia ocasión de masculinidad fue el siglo de Pericles, siglo sólo para hombres. Se vive en público: ágora, gimnasio, campamento, trirreme. El hombre maduro asiste a los juegos de los efebos desnudos y se habitúa a discernir las más finas calidades de la belleza varonil, que el escultor va a comentar en el mármol. Por su parte, el adolescente bebe en el aire ático la fluencia de palabras agudas que brota de los viejos dialécticos, sentados en los pórticos con la cayada en la axila. ¿La mujer?... Sí, a última hora, en el banquete varonil, hace su entrada bajo la especie de flautistas y danzarinas que ejecutan sus humildes destrezas al fondo, muy al fondo de la escena, como sostén y pausa a la conversación que languidece. Alguna vez, la mujer se adelanta un poco: Aspasia. ¿Por que? Porque ha aprendido el saber de los hombres, porque se ha masculinizado.
Aunque el griego ha sabido esculpir famosos cuerpos de mujer, su interpretación de la belleza femenina no logró desprenderse de la preferencia que sentía por la belleza del varón. La Venus de Milo es una figura masculofemínea, una especie de atleta con senos. Y es un ejemplo be cómica insinceridad que haya sido propuesta imagen tal al entusiasmo de los europeos durante el siglo XIX, cuando más ebrios vivían de romanticismo y de fervor hacia la Pura, extremada feminidad. El canon del arte griego quedó inscrito en las formas del muchacho deportista, y cuando esto no le bastó, prefirió sonar con el hermafrodita. (Es curioso advertir que la sensualidad primeriza del niño le hace normalmente sonar con el hermafrodita; cuando más tarde separa la forma masculina de la femenina sufre -por un instante- amarga desilusión. La forma femenina le parece como una mutilación de la masculina; por lo tanto, como algo incompleto y vulnerado).
Sería un error atribuir este masculinismo, que culmina en el siglo de Pericles, a una nativa ceguera del hombre griego para los valores de feminidad, y oponerle el presunto rendimiento del germano ante la mujer. La verdad es que en otras épocas de Grecia anteriores a la clásica triunfó lo femenino, como en ciertas etapas del germanismo domina lo varonil. Precisamente aclara mejor que otro ejemplo la diferencia entre épocas de uno y otro sexo lo acontecido en la Edad Media, que por sí misma se divide en dos porciones: la primera, masculina; la segunda, desde el siglo XII, femenina.
En la primera Edad Media la vida tiene el más rudo cariz. Es preciso guerrear cotidianamente, y a la noche, compensar el esfuerzo con el abandono y el frenesí de la orgía. El hombre vive casi siempre en campamentos, solo con otros hombres, en perpetua emulación con ellos sobre temas viriles: esgrima, caballería, caza, bebida. El hombre, como dice un texto de la época, «no debe separarse, hasta la muerte, de la crin de su caballo, y pasará su vida a la sombra de la lanza». Todavía en tiempos de Dante algunos nobles -los Lamberti, los Saldaniericonservaban, en efecto, el privilegio de ser enterrados a caballo.
En tal paisaje moral, la mujer carece de papel y no interviene en lo que podemos llamar vida de primera clase. Entendámonos: en todas las épocas se ha deseado a la mujer, pero no en todas se la ha estimado. Así en esta bronca edad. La mujer es botín de guerra. Cuando el germano de estos siglos se ocupa en idealizar la mujer, imagina la valquiria, la hembra beligerante, virago musculosa que posee actitudes y destrezas de varón.
Esta existencia de áspero régimen crea las bases primeras, el subsuelo del porvenir europeo. Merced a ella se ha conseguido ya en el siglo XII acumular alguna riqueza, contar con un poco de orden, de paz, de bienestar. Y he aquí que, rápidamente, como en ciertas jornadas de primavera, cambia la faz de la historia. Los hombres empiezan a pulirse en la palabra y en el mortal. Ya no se aprecia el ademán bronco, sino el gesto mesurado, grácil. A la continua pendencia sustituye el solatz e deport -que quiere decir conversación y juego-. La mutación se debe al ingreso de la mujer en el escenario de la vida pública. La corte de los carolingios era exclusivamente masculina. Pero en el siglo XII las altas damas de Provenza y Borgona tienen la audacia sorprendente de afirmar, frente al Estado de los guerreros y frente a la Iglesia de los clérigos, el valor específico de la pura feminidad. Esta nueva forma de vida pública, donde la mujer es el centro, contiene el germen de lo que, frente a Estado e Iglesia, se va a llamar siglos más tarde «sociedad». Entonces se llamó «corte»; pero no como la antigua corte de guerra y de justicia, sino «corte de amor». Se trata; nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida...
El Sol, 26 de junio de 1927, Ortega y Gasset.
El nacionalismo visto desde los años 30

Se ha hablado tanto de la decadencia europea, que muchos han llegado a darla por un hecho. No que crean en serio y con evidencia en él, sino que se han habituado a darlo por cierto, aunque no recuerdan sinceramente haberse convencido resueltamente de ello en ninguna fecha determinada.
Es un paisaje de ejemplar puerilidad el que ahora ofrece el mundo. En la escuela, cuando alguien notifica que el maestro se ha ido, la turba parvular se encabrita e indisciplina. Cada cual siente la delicia de evadirse a la presión que la presencia del maestro imponía, de arrojar los yugos de las normas, de echar los pies por alto, de sentirse dueño del propio destino. Pero como quitada la norma que fijaba las ocupaciones y las tareas, la turba parvular no tiene un quehacer propio, una ocupación formal, una tarea con sentido, continuidad y trayectoria, resulta que no puede ejecutar más que una cosa: la cabriola.
Es deplorable el frívolo espectáculo que los pueblos menores ofrecen. En vista de que, según se dice, Europa decae y, por lo tanto, deja de mandar, cada nación y nacioncita brinca, gesticula, se pone cabeza abajo o se engalla y estira dándose aires de persona mayor que rige sus propios destinos. De aquí el vibriónico panorama de «nacionalismos» que se nos ofrece por todas partes.
En los capítulos anteriores he intentado filiar un nuevo tipo de hombre que hoy predomina en el mundo: le he llamado hombre-masa, y he hecho notar que su principal característica consiste en que, sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él.
Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 1930.
Éste fragmento lo tomé por la opinión de Ortega sobre los nacionalismos. Para él, la falta de una instancia superior que guiara la sociedad daba como resultado esta dislocación y surgimiento de los nacionalismos, como un paso atrás, entiéndase, en la mejora de las condiciones de vida por falta de capacidad para resolver los problemas principales y presentes de entonces.
En aquellos años, ya predijo alguno de los problemas de la Republica en España, como será el problema del nacionalismo catalán, principalmente. ¿Entendería Ortega y Gasset años después, la fuerza del nacionalismo catalán como una falta de poder y perspectivas del gobierno republicano? (De momento no lo he comprobado, ya intentaré averiguar). Lo que está claro es que la República tuvo muchísimos problemas en sus inicios, y prácticamente toda su existencia, a pesar de que se diga hoy día que España pasó una transición a la República de una forma pacífica. Nadie se ponía de acuerdo para solucionar los problemas y todo era un rifirafe entre un grupo de varias generaciones de izquierdas y otro de derechas, básicamente es lo que ha sucedido en España desde el surgimiento del liberalismo en las Cortes de Cádiz. Problema añadido, para que un siglo después, el surgimiento del hombre-masa del que habla Ortega y Gasset, fuera concebido en este ambiente de lucha ideológica, que no dejaba ver otra cosa que no fueran disputas, en un principio entre conservadores del antiguo régimen y liberales, y más tarde entre conservadores de un antiguo régimen más que periclitado y conservadores de una "izquierda" llena de prejuicios e ideas caducas, como la lucha anticatólica y fanatizada por el poder del Estado desde que surgió la Revolución Bolchevique.
Ortega y Gasset se refería también y más concretamente a los nacionalismos surgidos en el centro y este de Europa como consecuencia de la I Guerra Mundial, en el Tratado de Versalles, y que perjudicaron fundamentalmente al imperio austro-húngaro. Unos nacionalismos creados con la condición de contener la avalancha bolchevique. A finales del s. XIX, Otto Bauer se decidió a atajar el cariz que estaba tomando el problema del nacionalismo a consecuencia de la confusión que estaba arraigando en las masas obreras. Éstas comenzaron a supeditar y mezclar la cuestión de la lucha de clases al nacionalismo. Ya Marx, que había tocado el tema nacionalista de pasada, había advertido que el nacionalismo quedaba supeditado a la lucha del movimiento obrero internacional y que en caso de constituirse una nacionalidad nueva debía de crearse en u territorio lo más grande posible, todo ello bajo la solidaridad obrera internacional. Otto Bauer comenzó por destacar dos tipos de naciones, las naciones con historia (con una larga trayectoria, incluso anterior al capitalismo) y las naciones sin historia, para después, definir el nacionalismo como, “una comunidad de carácter, producida por una comunidad de destino”. Más adelante y como motivo, también, de la necesidad de agilizar la administración austro-húngara y modernizarla, los austro-marxistas elaboraron un programa de Autonomía Cultural Extraterritorial, que se llevaría a cabo, pero con una autonomía muy limitada, basada básicamente en unas corporaciones jurídicas públicas, con atribuciones culturales, administrativas y legales.
Todo este esfuerzo quedaría en vano tras la I Guerra Mundial, y a día de hoy, Hungría es un país que sigue viviendo del recuerdo de su país pasado, principalmente porque le desgajaron prácticamente la mitad de su territorio y hoy no es raro ver familias que viven separadas en diversos países, o ver como se discriminan a los húngaros en Eslovaquia, con un porcentaje de representación de hasta un 30% de la población eslovaca. Hoy, Eslovaquia y Rumania han sido los países de nuevo cuño que mantienen una mayor cantidad de habitantes húngaros, siendo Rumania el país que más tierra de Hungría llegó a acaparar.
Saludos a todos aquellos que visiten este blog. Su construcción básicamente me va a servir para dar salida a aquellas reflexiones e inquietudes que, cuando al leer y meditar sobre el pasado o la actualidad, me avasallan la cabeza y no se por donde dejarlas caer. Soy licenciado en Historia, pero cualquiera que haya hecho dicha carrera, sabe que no sabe nada de historia. No he hecho masteres, ni cursos, ni estudios de ninguna índole, y no creo que tenga una idea fija y ordenada del pasado. Con el tiempo he ido cambiando mis visiones de la historia y la vida, y dicho cambio a la vez me ha servido para comprender un poco más la realidad en la que nos educamos. Cuanto más leo, más me distancio de las opiniones cotidianas, que la mayoría de las veces proceden básicamente de la televisión y las tertulias programadas, o bien proceden de ideologías que no aportan nada nuevo y atractivo. La cosa se complica en cada libro que leo, cada vez el mundo se presenta más complejo, y a la vez que crees haber llegado a la verdad más verdadera, te das cuenta que te alejas más y todo es mucho más complejo. Creo que el mejor regalo de la vida es su mismo misterio.
En ocasiones daré salida a entradas donde simplemente quede constancia de algún estracto que considere interesante de lo que haya leido, o si tengo más tiempo, hacer un comentario y dar mis opiniones. Si alguien quiere dar su opinión, debatir o añadir algo será bienvenido.
En definitiva, este blog está hecho con la intención de dejar guardado para la memoria todas esas inquietudes que en cualquier momento de nuestra vida nos asalta, como una especie de diario se podría decir.
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